November 29, 2020 – A Longing, Just out of Reach

1st Sunday of Advent, Year B

Readings || Lecturas

Recording

Preached at Assumption Parish in Bellingham, WA

Previous Years:
2017 (Year B, Same Readings)
2018 (Year C)
2019 (Year A)

English

The truths of Christianity are timeless, so I try really hard not to preach homilies that attempt to feel relevant by shoehorning in some analogy to current events or popular culture. I do not like these homilies, so I do not preach them. But today I break that rule because I cannot think of anything more analogous to Advent than the current state of the COVID-19 pandemic.

Where are we with the pandemic? Most of us are excited to hear that vaccines might be on the horizon, including the Pfizer and Moderna vaccines which are ethically sourced and are reported to be 90% effective. These vaccines mean that there might actually be an end to this plague which has been so hard on us for almost a year now. We might actually be able to see our families without fear. We might actually have normal interactions with people, including hugs and handshakes and visible smiles. We might actually have open businesses and full churches. And hymns, glorious hymns!

And yet, even with more hope than we have had in many months, we are now in the worst period of disease and death we have experienced to-date. Dozens of people in Whatcom County are being infected every day, and in the last week St. Joseph’s hospital set a new record for the number of COVID patients being treated there. We have had parishioners who had come back to Mass now decide to stay home again because everything just feels riskier this month than when we first returned to Mass. And experts expect things to get worse, not better, because of the insatiable desire to gather around the holidays.


Well, this is also the dichotomy of Advent and the Christian life as a whole! Allow yourself to feel that feeling of hope, that relief that an end might be near. Long for that restoration. This is what Christians should feel when we contemplate the return of our Lord, Jesus Christ! When the Lord returns, all will not only be restored, but perfected. We will finally live in harmony and peace, united perfectly to God and each other. When Jesus comes back, every good hope and desire of our hearts will be fulfilled, beyond anything we can imagine.

And yet, just like with the pandemic, our present spiritual state of affairs is atrocious. As Third Isaiah says so powerfully in our second reading,

“Behold, you are angry, and we are sinful; all of us have become like unclean people, all our good deeds are like polluted rags; we have all withered like leaves, and our guilt carries us away like the wind. There is none who calls upon your name, who rouses himself to cling to you; for you have hidden your face from us and have delivered us up to our guilt.”

As much as we hope and trust that the Lord will return, we also know that until he does, our lives are marked by sin and corruption, both from without and from within. The holiness and unity that we desire seems almost impossible. Even as we struggle to cling to the Lord in all things, the waves and the wind of this broken world threaten to throw us into the tempestuous sea of idolatry and immorality. We often feel powerless, alone, and in need of our savior. My brothers and sisters in Christ, this is why we constantly pray for the Lord to return: so that he might save us, redeem us, and bring us to the perfection he originally desired for us. This pandemic began during Lent, which seemed appropriate as we were all asked to deny ourselves and take up the cross of social distancing and lock down. Now the pandemic is reaching its climax during Advent, another perfect analogy as we pray and hope for something that continually feels just out of reach. I hope that our longing for a vaccine and normalcy will help us better understand the much deeper longing we ought to have for the return of the Lord and the permanent and definitive salvation that he will bring.

Español

Las verdades del cristianismo son atemporales, así que me esfuerzo mucho por no predicar homilías que intentan sentirse relevantes estirando para hacer alguna analogía con los eventos actuales o la cultura popular. No me gustan estas homilías, por eso no las predico. Pero hoy rompo esa regla porque no puedo pensar en nada más análogo al Adviento que el estado actual de la pandemia de coronavirus.

¿Dónde estamos con la pandemia? La mayoría de nosotros estamos emocionados de escuchar que las vacunas podrían estar en el horizonte, incluidas las vacunas de Pfizer y Moderna, que se obtienen de forma ética y se informa que son noventa por ciento efectivos. Estas vacunas significan que realmente podría haber un final para esta plaga que ha sido tan dura para nosotros durante casi un año. De hecho, podríamos ver a nuestras familias sin miedo. De hecho, podríamos tener interacciones normales con las personas, incluidos abrazos, apretones de manos y sonrisas visibles. De hecho, podríamos tener negocios abiertos e iglesias completas. ¡E himnos, himnos gloriosos!

Y, sin embargo, incluso con más esperanza de la que hemos tenido en muchos meses, ahora estamos en el peor período de enfermedad y muerte que hemos experimentado hasta la fecha. Decenas de personas en el condado de Whatcom se infectan todos los días y, en la última semana, el hospital de St. Joseph estableció un récord en la cantidad de pacientes con coronavirus tratados allí. Hemos tenido feligreses que habían regresado a misa y ahora deciden quedarse en casa porque todo se siente más arriesgado este mes que cuando regresamos por primera vez a misa. Y los expertos esperan que las cosas empeoren, no mejoren, debido al deseo insaciable de reunirnos durante las festividades.


Pues, ¡esta es también la dicotomía del Adviento y la vida cristiana en su conjunto! Permítase sentir ese sentimiento de esperanza, ese alivio de que el fin esté cerca. Anhela esa restauración. ¡Esto es lo que los cristianos deberían sentir cuando contemplamos el regreso de nuestro Señor Jesucristo! Cuando el Señor regrese, todo no solo será restaurado, sino perfeccionado. Finalmente viviremos en armonía y paz, unidos perfectamente a Dios y a los demás. Cuando Jesús regrese, cada buena esperanza y deseo de nuestro corazón se cumplirá, más allá de lo que podamos imaginar.

Y sin embargo, al igual que con la pandemia, nuestro actual estado espiritual de cosas es atroz. Como dice el Tercer Isaías con tanta fuerza en nuestra segunda lectura,

“Estabas airado porque nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes. Todos éramos impuros y nuestra justicia era como trapo asqueroso; todos estábamos marchitos, como las hojas, y nuestras culpas nos arrebataban, como el viento. Nadie invocaba tu nombre nadie se levantaba para refugiarse en ti, porque nos ocultabas tu rostro y nos dejabas a merced de nuestras culpas.”

Por mucho que esperemos y confiemos en que el Señor regresará, también sabemos que hasta que lo haga, nuestras vidas estarán marcadas por el pecado y la corrupción, tanto desde fuera como desde dentro. La santidad y la unidad que deseamos parece casi imposible. Incluso mientras luchamos por aferrarnos al Señor en todas las cosas, las olas y el viento de este mundo quebrantado amenazan con arrojarnos al mar tempestuoso de la idolatría y la inmoralidad. A menudo nos sentimos impotentes, solos y necesitados de nuestro salvador.

Es exactamente por eso oramos constantemente para que el Señor regrese: para que nos salve, nos redima y nos lleve a la perfección que originalmente deseaba para nosotros. Esta pandemia comenzó durante la Cuaresma, lo que parecía apropiado ya que a todos se nos pidió que nos negáramos a nosotros mismos y tomáramos la cruz del distanciamiento social y el encierro. Ahora la pandemia está llegando a su clímax durante el Adviento, otra analogía perfecta mientras oramos y esperamos algo que continuamente se siente fuera de nuestro alcance. Espero que nuestro anhelo de una vacuna y la normalidad nos ayuden a comprender mejor el anhelo mucho más profundo que debemos tener por el regreso del Señor y la salvación permanente y definitiva que traerá.

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Image by Alexandra_Koch from Pixabay

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