November 29, 2020 – Advent Primer

Advent 2020

Recording

Offered at Assumption Parish in Bellingham, WA

English

I am up here at the ambo because, instead of one longer homily, you get two mini homilies today. Right now, before Mass begins, I am going to explain all of the liturgical complexities of Advent, which are many. Then, I will provide a spiritual lesson after the Gospel.

The way the Church celebrates Advent is genius because it manages to celebrate the end and the beginning in one seamless process. We have reached the end of the liturgical year. Over the last couple weeks, the daily Mass readings had begun to present Jesus’ different sayings and teachings about the end of times, and our first readings had been taken from the Book of Revelation. The mind of the Church had turned to the end of the world, a turn that only increases now that we have arrived at Advent. The first two weeks of Advent speak almost exclusively about the Second Coming of Jesus and how Christians long for that coming. We beg the Lord to return to us.

And then, almost imperceptibly, right around the 17th of December, this longing for the Second Coming transitions into the longing of the Jewish people for the first coming of the Messiah. We hear all of the prophecies that Jesus fulfilled, and we prepare ourselves more directly for the great and holy Feast of the Nativity. The end becomes the beginning, and the liturgical year starts afresh.

Both halves of Advent, we should note, are penitential in nature. The reason for this is the same reason that no one eats a full breakfast and a full lunch before Thanksgiving dinner: We need to leave room for all the tasty Thanksgiving foods. Similarly, whenever we prepare for major feast days, the Church recommends a time of fasting and penitence, so that when the feast day arrives our souls have plenty of room to receive the great joy of the celebration. It is for this reason that we wear purple during Advent, as purple is the penitential color of the Church. It is also for this reason that we do not sing the Gloria and that the Church asks us to remove all flowers from the altar and to refrain from using musical instruments during the liturgy. At Assumption, we will also be reading the Responsorial Psalm. The purpose of all of these deprivations is so that we can feel the longing that marks the Advent season and so that we will be sufficiently emptied in order to receive the joy of Christmas. The only exceptions to these penitential practices are on the great feasts of the season, including St. Andrew, the Immaculate Conception, and Our Lady of Guadalupe, as well as the semi-joyous Third Sunday of Advent.

A quick fun fact: traditionally, even though the Church has the penitential seasons of Advent and Lent, the joyous seasons that followed them were always longer, so that our joy and feasting should outlast our penance and fasting. Lent is seven weeks, but Easter is eight. Advent is four weeks but Christmas, up until this century, was six weeks. It was only in the revision of the liturgical calendar following the Second Vatican Council that Christmas ended up being shortened to two-and-a-half weeks, a change with good reasons but which sacrificed that old symbolism. Finally, the question of how we live out Advent apart from the liturgy is, of course, much harder, since for nearly a century the United States has given up on Advent in favor of a consumerist approach to Christmas. We front-load the celebration as a way to sell more products. My recommendation is to treat Advent like all fasting: fast until you feel the hunger. Even if you do not wait until December 24th, like I do, at least try to delay your celebration of Christmas until you feel the longing which is at the heart of Advent. Allow yourself to feel deprived. Do acts of penance (and yes, Christmas shopping counts as penance). And then, once you have made plenty of room in your soul through fasting and penitence, then you will be ready for the joy of Christmas to enter in.

Español

Estoy aquí en el ambón porque, en lugar de una homilía más larga, hoy van a tener dos minihomilías. Ahora mismo, antes de que comience la Misa, voy a explicar todas las complejidades litúrgicas del Adviento, que son muchas. Luego, daré una lección espiritual después del Evangelio.

La forma en que la Iglesia celebra el Adviento es verdaderamente inspirado porque se las arregla para celebrar el final y el comienzo en un proceso continuo. Hemos llegado al final del año litúrgico. Durante las últimas dos semanas, las lecturas diarias de la Misa habían comenzado a presentar los diferentes dichos y enseñanzas de Jesús sobre el fin de los tiempos, y nuestras primeras lecturas habían sido tomadas del Libro de Apocalipsis. La mente de la Iglesia se había vuelto hacia el fin del mundo, un giro que solo aumenta ahora que hemos llegado al Adviento. Las primeras dos semanas de Adviento hablan casi exclusivamente sobre la Segunda Venida de Jesús y cómo los cristianos anhelan esa venida. Rogamos al Señor que regrese a nosotros.

Y luego, casi imperceptiblemente, alrededor del decimoséptimo de diciembre, este anhelo por la Segunda Venida se convierte en el anhelo del pueblo judío por la primera venida del Mesías. Escuchamos todas las profecías que Jesús cumplió y nos preparamos más directamente para la gran y santa Fiesta de la Natividad. El final se convierte en el principio y el año litúrgico comienza de nuevo.

Debemos señalar que ambas mitades del Adviento son de naturaleza penitencial. La razón de esto es la misma razón por la que nadie come un desayuno y un almuerzo completo antes de la cena del Día de Gracias: necesitamos dejar espacio para todos los sabrosos alimentos del día. Asimismo, siempre que nos preparamos para las fiestas mayores, la Iglesia recomienda un tiempo de ayuno y penitencia, para que cuando llegue la fiesta nuestras almas tengan suficiente espacio para recibir la gran alegría de la celebración. Es por eso que nos vestimos de violeta durante el Adviento, porque violeta es el color penitencial de la Iglesia. También es por eso que no cantamos la Gloria y que la Iglesia nos pide que retiremos todas las flores del altar y que nos abstengamos de utilizar instrumentos musicales durante la liturgia. En la Asunción, también estaremos leyendo el Salmo Responsorial. El propósito de todas estas privaciones es que podamos sentir el anhelo que marca el tiempo de Adviento y que estemos lo suficientemente vacíos para recibir la alegría de la Navidad. Las únicas excepciones a estas prácticas penitenciales son las grandes fiestas de la temporada, como San Andrés, la Inmaculada Concepción y Nuestra Señora de Guadalupe, así como el mitad-alegre Tercer Domingo de Adviento.

Un dato breve: tradicionalmente, aunque la Iglesia tiene los tiempos de penitencia de Adviento y Cuaresma, los tiempos de gozo que los seguían eran siempre más largos, de modo que nuestro gozo y banquete deberían durar más que nuestra penitencia y ayuno. La Cuaresma es de siete semanas, pero la Pascua es de ocho. El Adviento es de cuatro semanas, pero la Navidad, hasta este siglo, era de seis semanas. Fue sólo en la revisión del calendario litúrgico tras el Concilio Vaticano Segundo que la Navidad acabó acortándose a dos semanas y media, un cambio con buenas razones pero que sacrificaba ese antiguo simbolismo. Finalmente, la cuestión de cómo vivimos el Adviento aparte de la liturgia es, por supuesto, mucho más difícil, ya que durante casi un siglo nuestra sociedad ha renunciado al Adviento en favor de un enfoque consumista de la Navidad. Anticipamos la celebración como una forma de vender más productos. Mi recomendación es tratar el Adviento como todo ayuno: ayunar hasta que sienta el hambre. Incluso si no esperas hasta el veinticuatro de diciembre, como yo, al menos trata de retrasar tu celebración de la Navidad hasta que sientas el anhelo que está en el corazón del Adviento. Permítete sentirte privado. Haz actos de penitencia (y sí, las compras navideñas cuentan como penitencia). Y luego, una vez que haya hecho mucho espacio en su alma a través del ayuno y la penitencia, entonces estará listo para que entre la alegría de la Navidad.

1 Comment

  1. Thank You Father for that example andoffer of divine mentorship that helps us understand experience coupled with Faith’s Highest Hope!!! I really appreciated the personal touch to family life!!! Jesus will be with us!!

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