April 09, 2020 – The Institution of the Priesthood

Mass of the Lord’s Supper

Readings / Lecturas

Recording (will be posted at jhm718.podbean.com)

Preached at Assumption Parish in Bellingham, WA

English

More than anything else, Holy Thursday is about the ministerial priesthood.

Is it about the institution of the Eucharist? Yes, absolutely. Is it about humble service? Without question. But it is about these things because it is about the priesthood.


To understand this, we first have to understand the Apostles. Choosing twelve apostles was essential to Jesus’ ministry. He did not choose them on a whim or because he liked to have an entourage. He chose them, as St. Luke describes, after spending an entire night in prayer. This was a deliberate, intentional decision. Jesus chose the twelve because he knew, from the very beginning, that he was going to establish a Church, a community of believers that was going to carry on his mission and ministry in every culture and every era. Jesus would, of course, always be the head of his Church, but he needed tangible leaders who could stand in his place once he had ascended into heaven and who could minister to his followers on his behalf.

Now, these Apostles could simply have been preachers, teachers, and evangelists, and they certainly were that. They could simply have been administrative leaders of the new Christian community, and they were that, too. But Jesus had something even greater in mind for them.

On the last night before he died, Jesus celebrated the Passover with these chosen men. And at it he did something very strange. He took two traditional parts of the Passover meal and he changed them, saying over the bread, “This is my body that is for you” and over the cup, “This cup is the new covenant in my blood.” Jesus took this ancient ceremony of the Jews and brought it to its fulfillment in him. He was the sacrificial, paschal lamb, and he gave himself up in the presence his Apostles in order to establish a new covenant in his blood.

But even then, it could have ended there. The Passover was fulfilled. The lamb was sacrificed. And yet, at this same meal, Jesus says something extraordinary. He says, “Do this in remembrance of me.” With these words, Jesus established his Apostles as priests. He charged them to offer worship, in perpetuity, in a way they would only fully understand after the Resurrection. The Last Supper is not just a supper, it is an ordination. A religious offering requires a priest, and in this one moment, the new and everlasting covenant is established along with the new and everlasting priesthood.

And this priesthood, for reasons known only to God, was entrusted exclusively to Jesus’ Apostles, even though he could have given it to all of his followers or even his immaculate mother. It was a special calling for these men alone, a mission around which Jesus’ entire church would be constituted: Celebrate the Eucharist. Offer the Mass. Do this in memory of me. It had been Jesus’ plan from the beginning that there would be special followers, chosen by the Lord himself, to carry out this all-important duty. It had been Jesus’ plan from the beginning to raise up priests in the New Covenant.


So where does the foot washing come in? Why did St. John lay such a heavy emphasis on this action of the Last Supper when he wrote his Gospel, a Gospel which some scholars believe was intended as a supplement to fill in the gaps of the other Gospel accounts? Why preserve this detail for all time?

The answer is, again, the priesthood. The Gospel of St. John is not kind to the leaders of the Jewish people, almost all of whom were Temple priests. In this Gospel, these priests are shown to be blinded to the identity of Jesus by their own arrogance and pride. These leaders were too attached to their established interpretation of the Jewish Law, an interpretation that kept them in power and in control of the people.

St. John shows Jesus giving his Apostles, his new priests, an alternative model of priesthood. Priesthood is not about power, but about humble service. Priesthood is not about controlling the Christian people, but about ministering to them in love.

We lose so much of the power of this imagery if we think of it as a generic call to service for all of Jesus’ disciples. It is not. It is, before all else, an image which must convict the hearts of our priests. The temptation to power and to control exists as much in the priesthood of the New Covenant as it did in the Old. The action of washing feet, which I am sad we cannot celebrate this year, is intended as a reminder for the priest that the teacher and master himself instituted the priesthood with a profound, humiliating act of service. It is a remind for the priest, that he who is called to stand in the place of Christ must model the life of Christ in service and charity.


My brothers and sisters in Christ, I tell anyone who asks that I never wanted to be a priest. It was a call that was thrust upon me to which I simply could not say “no.” But it is also a gift for which I will be eternally grateful. To have been called by the Lord in this special way, to offer the Mass, to celebrate the sacraments, and to humbly minister to his people, is something that I do not deserve, and neither does any priest. But the Lord loves his people, which is why he continues to raise up priests for them, nonetheless.

Español

Más que cualquier otra cosa, el Jueves Santo se trata del sacerdocio ministerial.

¿Se trata de la institución de la Eucaristía? Si, absolutamente. ¿Se trata de un servicio humilde? Sin duda. Pero se trata de estas cosas porque se trata del sacerdocio.


Para entender esto, primero tenemos que entender a los Apóstoles. Elegir doce apóstoles fue esencial para el ministerio de Jesús. No los eligió por capricho o porque le gustaba tener un séquito. Los escogió, como lo describe San Lucas, después de pasar una noche entera en oración. Esta fue una decisión deliberada e intencional. Jesús eligió a los doce porque sabía, desde el principio, que iba a establecer una Iglesia, una comunidad de creyentes que iba a llevar a cabo su misión y ministerio en cada cultura y cada era. Jesús, por supuesto, siempre sería la cabeza de su Iglesia, pero necesitaba líderes tangibles que pudieran estar en su lugar una vez que hubiera ascendido al cielo y que pudieran ministrar a sus seguidores en su nombre.

Pues, estos apóstoles podrían simplemente haber sido predicadores, maestros y evangelistas, y ciertamente lo fueron. Podrían haber sido simplemente líderes administrativos de la nueva comunidad cristiana, y también lo fueron. Pero Jesús tenía algo aún más en mente para ellos.

La última noche antes de morir, Jesús celebró la Pascua con estos hombres elegidos. Y en eso hizo algo muy extraño. Tomó dos partes tradicionales de la cena de Pascua y las cambió, diciendo sobre el pan, “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes,” y sobre la copa, “Este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre.” Jesús tomó esta antigua ceremonia de los judíos y la llevó a su cumplimiento en él. Él era el cordero pascual sacrificial, y se entregó en presencia de sus apóstoles para establecer una nueva alianza en su sangre.

Pero incluso entonces, podría haber terminado allí. La Pascua se cumplió. El cordero fue sacrificado. Sin embargo, en esta misma comida, Jesús dice algo extraordinario. Él dice, “Hagan esto en memoria mía.” Con estas palabras, Jesús estableció a sus apóstoles como sacerdotes. Los encomendó a ofrecer culto, a perpetuidad, de una manera que solo entenderían completamente después de la Resurrección. La Última Cena no es solo una cena, es una ordenación. Una ofrenda religiosa requiere un sacerdote, y en este momento, la nueva y sempiterna alianza se establece junto con el nuevo y sempiterno sacerdocio.

Y este sacerdocio, por razones que solo Dios conoce, fue confiado exclusivamente a los apóstoles de Jesús, a pesar de que podría haberlo dado a todos sus seguidores o incluso a su madre inmaculada. Fue un llamado especial solo para estos hombres, una misión en torno a la cual se constituiría toda la iglesia de Jesús: Celebran la Eucaristía. Ofrezcan la misa. Hagan esto en memoria mía. Había sido el plan de Jesús desde el principio que habría seguidores especiales, elegidos por el mismo Señor, para llevar a cabo este deber tan importante. Había sido el plan de Jesús desde el principio levantar sacerdotes en la Nueva Alianza.


Entonces, ¿dónde entra el lavado de pies? ¿Por qué San Juan puso tanto énfasis en esta acción de la Última Cena cuando escribió su Evangelio, un Evangelio que algunos estudiosos creen que fue un suplemento para llenar los vacíos de los otros relatos del Evangelio? ¿Por qué preservar este detalle para siempre?

La respuesta es, nuevamente, el sacerdocio. El Evangelio de San Juan no es amable con los líderes del pueblo judío, casi todos los cuales eran sacerdotes del Templo. En este Evangelio, se muestra que estos sacerdotes están cegados a la identidad de Jesús por su propia arrogancia y orgullo. Estos líderes estaban demasiado apegados a su interpretación establecida de la Ley judía, una interpretación que los mantuvo en el poder y en el control del pueblo.

San Juan muestra a Jesús dando a sus apóstoles, a sus nuevos sacerdotes, un modelo alternativo de sacerdocio. El sacerdocio no se trata del poder, sino del servicio humilde. El sacerdocio no se trata de controlar al pueblo cristiano, sino de ministrarles en amor.

Perdemos mucho del poder de estas imágenes si lo consideramos un llamado genérico al servicio para todos los discípulos de Jesús. No lo es. Es, antes que nada, una imagen que debe convencer a los corazones de nuestros sacerdotes. La tentación al poder y al control existe tanto en el sacerdocio de la Nueva Alianza como en la Antigua. La acción de lavar los pies, que me entristece que no podamos celebrar este año, es un recordatorio para el sacerdote de que el Maestro y el Señor mismo instituyeron el sacerdocio con un acto de servicio profundo y humillante. Es un recordatorio para el sacerdote, que el que está llamado a estar en el lugar de Cristo debe modelar la vida de Cristo en servicio y caridad.


Mis hermanos en cristo, le digo a cualquiera que pregunte que nunca quise ser sacerdote. Fue una llamada que me fue impuesta a la que simplemente no podía decir “no”. Pero también es un regalo por el que estaré eternamente agradecido. Haber sido llamado por el Señor de esta manera especial, ofrecer la Misa, celebrar los sacramentos y ministrar humildemente a su pueblo, es algo que no merezco, y tampoco ningún sacerdote. Pero el Señor ama a su pueblo, por lo que sigue levantando sacerdotes para ellos.

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